Ícaro se acercaba más y más a sus sueños con todo lo necesario para iniciar aquel fantástico viaje: Aquellas alas tan perfectas, último regalo de su padre, que vinieron acompañadas de los consejos que se dan a quien alza el vuelo por vez primera; Con fuerza, con la fuerza propia de cualquier joven que se sabe poseedor de un futuro prometedor; Con ilusión, e incluso ilusa confianza en sí mismo; Todo estaba de su lado, más la aventura tendría trágico final
El paraíso casi al alcance de la mano, y bajo sus pies, el mar, inmenso y amenazante, grandioso portento de la naturaleza, imposible de no temer. Vuela rápido, sobre las aguas, y huyendo de no caer en éstas, pensando sólo en alcanzar la utopía, Ícaro se acerca en demasía al Capitán Redondo, quien no pasará por alto su osadía, y decide quemar las alas al intrépido, firmando así su sentencia de muerte con pulso firme y tranquilo.
Lenta es la caída del muchacho, quien alza la vista, para despedirse de su padre, antes de perecer, las ilusiones derretidas por el Sol, besan su frente por vez postrera, a la velocidad en que tarda un cuerpo en caer de las alturas.

Como Ícaro, me dispongo a emprender un viaje, llevo todo lo necesario, simplemente trataré de no acercarme al Sol más de lo necesario, no sea que trate de quemar mis ilusiones...
A Miga de Pan, porque sus alas no se han derretido aún.